Entrar en el universo expandido de Ignacio Goitia es asomarse a un
diálogo permanente entre el rigor académico de la pintura clásica y
la ironía contemporánea de quien sabe que el barroco solo se sostiene
si lo habitan jirafas, elefantes y dromedarios.
Nacido en Bilbao en 1968, formado en San Carlos de Venecia y en
talleres de restauración italianos, Goitia ha construido a lo largo
de tres décadas un lenguaje propio en el que las arquitecturas
monumentales —palacios, iglesias, salones reales— acogen criaturas
imposibles que las convierten en escenarios de fábula social. No es
sátira. No es sátira al menos en el sentido evidente. Es una pregunta
constante sobre cómo se habría escrito la historia del arte y de la
sociedad si la curiosidad hubiera sido virtud y no excentricidad.
Hoy, con tiendas en Bilbao y Madrid y obra repartida en colecciones
privadas internacionales, Goitia traslada ese mismo universo a
pañuelos de seda, papeles pintados, mobiliario y proyectos de
interiorismo para hoteles y restaurantes de lujo. El arte goitiesco
no se contempla solo: se habita.